Sara, en el continuo

Diario
Capítulo I

Si decidiéramos comenzar por un solo sitio sería realmente difícil hablar de este flujo continuo que pasa sobre nuestras cabezas; sería realmente difícil dejar de pensar que la continuidad de aquel día a Sara le hubiera ofrecido un cúmulo de experiencias tan disímiles e interesantes que a pesar de su complexidad y la falta de estabilidad que pudieran acarrearle, prefiriera esta vida incesante a la de en frente del televisor.

– Ahora, fuera de esta repentina euforia que me han traído unos cuantos eventos cotidianos -pensó Sara-, debo realmente plantearme que ¿este deseo por la vida sin más exigencias no pueda llegar a ser perjudicial?, según parece tendría que seguir un curso de la vida, que no se quien diablos a decidido imponer y tener claro unas cuantas metas a seguir.
En seguir, precisamente pensaba cuando se percató que debía retroceder dos calles más para llegar hasta la oficina donde tenía pensado ir. Mientras caminaba de vuelta buscando el nuevo rumbo que había perdido intentaba disimular entre dientes las frases aprendidas que tenía pensado repetir en la lengua nativa de aquella ciudad para lograr aquel empleo. Quería dejar un currículum, quería dejarle un currículum, querría dejaros un currículum, acabo de terminar mis EStudios y AHOra estoy TRAbajando en un museo.

– Perdo..heee, ¿esta Girona, calle Girona?
Un joven nórdico con cara sonriente apareció justo en frente del travelling que Sara seguía para buscar el número, señalando un papel con un mapa dibujado.
– Girona debe ser esa calle de ahí que atraviesa y sino será la siguiente.
– ¿Casp, calle Caspe 54 es esta?
– Si esta es la calle Casp y el número 54 debe seeer… si, justo esta puerta que está delante. ¿Vienes aquí al tercer piso?
– Si
– Pues yo también

Sonrió Sara y sonrió porque después de aquellos días en que sentía ser una extraterrestre, un ser débil ante algún tipo de deber ser que no conseguía ser; la vida le sonreía de aquellas formas tan especiales que habían hecho de esa ciudad un lugar realmente especial, seguramente como tantos otros sitios pero que al final hacían de una ciudad, su ciudad. El chico nórdico dejó su currículum igual que ella y le contó algo de lo que hacia por Barcelona, intercambiaron unas cuantas frases en español, ingles y francés una mezcla de todo sin ser nada, como solía ocurrir y luego se despidieron deseándose suerte.
Ya no podía evitar de nuevo la risa tonta que a veces le producía estar por esas calles del centro observando a todo tipo de gente pasar. A veces en ese estado le asaltaba una sensación que tenía desde la adolescencia, una impulso violento de reprimir ese tipo de expresiones espontáneas de jubilo en su cara, como si la tristeza fuese capaz de pedir una revancha en vida a toda la felicidad obtenida. Pero esa sensación adolescente de una imposibilidad mártir había desaparecido con el paso de los años y aunque un sentimiento de vergüenza reprimió una enorme sonrisa, no dejo de mantener una expresión alegre. Le reconfortó el encuentro casual y vivir de la forma que lo hacía.
A pesar de la lluvia que se abalanzó sobre ella continuo andando; hacía un tiempo que la conciencia le dejaba tranquila estando fuera de su casa, habiendo dejado su país y habiendo liberándose de una vida impuesta.

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